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Una lectura-interpretación sobre los Celos

gelos

NO ESTÁ TAN CLARO


Cuando se trabaja con críos, en las escuelas por ejem­plo, se dice que conviene evitar los grupos de tres porque suelen desen­cadenar más conflictos que otros agrupamientos. Los triángulos a­mo­rosos suelen ser com­plicados de ges­tionar. De hecho, es corriente que se manejen gracias a que uno de los vértices ignore que está participando en esa geo­metría. Tres es un mal número para los sentimientos amorosos. Tampoco en el mundo de la creación, ya sea literaria, plástica o musical, son muy corrientes las formaciones que fir­man una obra a tres. Empiezan a publicarse algunas novelas hechas por dos escritores, hay algunos ejemplos más en películas dirigidas a dúo, abundan los grupos numerosos en el pop i rock, pero los tríos, como espacio de creación, son muy escasos (la excepción se encuentra en el jazz). En todo caso, tres no ha sido un buen número para la actividad creativa.

Cuando se da una situación que impone una convivencia a tres, se presenta la condición necesaria para que aparezcan los celos. No es suficiente, pero sin tres no hay celos. Puede haber tres sin celos, pero si la relación es de dos lo más próximo que se puede presentar es la envidia.

En ambos casos, el Otro es identificado como un obstáculo, aun­que de manera muy diferente. La envidia es un sentimiento que descompone al Otro en partes: se envidia una posesión o u­na cualidad del otro.

El envidioso quisiera tener el dinero, o la suerte, o la inteligencia o la belleza que otro posee. Ahora bien, si consigue desposeerlo (del dinero, del cónyuge, del estatus) o compensarlo (uno mejora su renta, se doctora, adelgaza), entonces el sentimiento hacia el otro se debilita o se diluye.

En contraste, los celos son globalizadores. Lo que está amena­zando es que el Otro no me elija a mí. Lo que está en juego es que yo no sea el único o el principal para el OTRO. Esa in­certidumbre no se puede compartimentar, no se puede reducir a una cualidad, no se puede controlar modificando un rasgo en el OTRO. Es toda la persona la que recibe los celos (no su forma de vestir, o la manera de tratar a la gente o los lugares a los que va por la noche).

Cuando la envidia manda, la persona envidiosa siente animad­versión, antipatía o enojo hacia el OTRO y su mente se llena de planes y fantasías para expoliarle o, si no es posible, para me­noscabarlo. Cuando los celos mandan, la persona celosa siente an­sie­dad, muchas veces en forma de sospecha, y ésta sólo se sosiega con planes y fantasías para ser más seductor, más atrac­tivo para el OTRO, y si no es posible, con planes y fantasías de enclaustramiento para que la falta de relaciones externas man­tenga al Otro amarrado.

Sería interesante prolongar la comparación entre estos dos sen­timientos, pero dilataría la entrada en el análisis de las relaciones entre Celos y Literatura. Por ello voy a dejar sin justificar algunas afirmaciones.

La primera es que son sentimientos que tienen ma­­la fama y no es del todo justo. Por un lado porque son uni­versales, todos los humanos tenemos uno y otro (sólo son nocivos cuando son hegemónicos en nuestro equipamiento a­fec­tivo). Es más, se ne­cesitan para crecer. Los bebés no con­ciben el Yo y el Tú hasta que han pasado bastantes meses de vida y buena parte de la fabricación del Yo está alimentada por el deseo de tener algo que el otro tiene, por ejemplo el lenguaje. Si todo va bien, pocos a­ños después de haber construido el Yo y el Tú, vendrá la ter­cera persona, Él o Ella, que le disputará, en la vivencia del ni­ño o de la niña, su Tú. Los conflictos edípicos son necesarios y si no se transitan el desarrollo psicológico pos­terior puede que­dar muy comprometido.

Desde otro punto de vista, tampoco me parece justa la mala fa­ma de estos senti­mientos ya que no se merecen el mismo juicio, obviando su vertiente creativa de futuros. Para decirlo corto, desde el punto de vista político, la Envidia es un sen­timiento que tiende al socialismo, mientras que los Celos apuntan hacia el absolutismo.

La Literatura es, para mí, un objeto de consumo en el sentido que yo la disfruto, pero no la produzco. Y es tan intensa esta re­lación, que por no gustarme escribir, casi ni redacto e-mails. Por lo cual, vaya por delante el reconocimiento de que voy a hablar de algo sobre lo que debería callarme, esto es, del proceso por el cual se llega a crear una obra, cualquier obra, desde un corto poe­ma a una novela, desde una comedia a un realto.

Me gustaría que lo primero de lo que es consciente él o la que escribe fuera un difuso deseo, ya sea vivido en positivo (me apetece escribir...) ya sea concienciado o como una angustia que sólo con la escritura se apacigua.

A partir de ese momento pe­diría que bajo ninguna excusa, el escritor o la escritora cogiera ningún instrumento: lápiz, pluma, ordenador, grabadora. Total­mente prohibido, por favor lo pido. El deseo no puede ser la ma­teria prima esencial del texto porque entonces escritor y escri­bidor (que diría Vargas Llosa) se con­funden.

Me gustaría que a partir del deseo empezara una compleja tarea de clarificación y toma de decisiones. Considero importante que un autor pueda responderse a estas preguntas: ¿sobre qué quiero hablar y para defender qué opiniones? No es lo mismo querer dar­le forma a una emoción, reflejar una relación o explicar una his­toria. Tampoco es lo mismo que exista una intención única o que se trate de intenciones compuestas.

Una vez se tiene el deseo definido por un Qué y un Para Qué, me gustaría que el escritor y la escritora empezaran a trabajar el Cómo.

Buena parte de lo que hemos aprendido en los institutos sobre teoría literaria son las herramientas con las que cuentan los autores para fabricar la obra: los géneros, los subgéneros, la estructura narrativa, la trama, el punto de vista, los personajes, los diálogos, las descripciones, etc. Como lector, me encantaría que el texto que tengo entre las manos fuera como algunos vi­nos, que necesitan del silencio, del recogimiento de la bodega, para poderse hacer a ellos mismos. Este tiempo en la cueva, en el que aparentemente no se saca nada, se debería emplear para tener razonado por qué se elige un tono melodramático para una narración y no uno dramático para un poema.

De las múltiples herramientas para construir literatura, voy a ais­lar estas dos, el género y el tono, para establecer alguna relación entre Literatura y Celos. Si recordamos, hemos afir­mado al prin­cipio que los celos se dan en relaciones a tres. Acep­tando que el siglo XX ha fijado el concepto de género en poesía, narrativa y teatro, analicemos qué potencialidades y limi­taciones tienen cada uno de ellos para lidiar con los Celos.

De lo que yo conozco de poesía castellana, los autores del XX y el XXI, han hecho una poesía que expresa cómo el Yo siente y piensa; todo lo más cómo siente y piensa al Otro.

En fin, un género para el número 1 ó el 2, para expresar la relación con uno mismo o con el Otro. En consecuencia, pobre herramienta para enfrentarse a los Celos. Por su parte, tanto la novela como el teatro permiten plantear las relaciones a tres, por tanto parecen ser instrumentos más aptos que la poesía para esta empresa.

¿Alguno más potente que el otro? Creo que sí. La novela tiene, aún, una narcodependencia con la Acción mientras que el teatro se ha mantenido, secularmente, sujeto a la Relación. Para que haya una buena novela necesitamos una épica, una tarea, una aventura que justifique a los personajes y que les permita tener relaciones. La historia, el argumento, la trama, en una palabra, el cuento, no lo es todo para ser una buena novela (aunque sí para ser un buen best seller), se ha de contar con buenos personajes con interacciones interesantes; ahora bien, si el autor o la autora ha apostado todo su capital a las relaciones y la historia es floja, entonces a los lectores se nos cae la novela de las manos.

Dos fundadores de la narrativa contemporánea han cometido esta falta: Demasiados Celos para tan poca acción. Proust con En Busca del Tiempo Perdido y Joyce con El Exiliado.

En el teatro se da la relación inversa: Mandan las relaciones y la acción pasa a ser secundaria, incluso prescindible. Si evocamos lo que sabemos sobre teatro, los nombres de los grandes y sus obras emblemáticas se asocian al tema de los celos: Sófocles con Edipo Rey, Eurípides con Fedra (revisitada por Racine o Una­muno), Lope de Vega con El Perro del Hortelano (y el resto del siglo de oro), Shakespeare con Otelo, García Lorca con La Casa de Bernarda Alba.

Resumiendo, los Celos no son para la poesía, mejor llevarlos a la novela y, aún más acertado, a la escena.

Si hablamos, para acabar, de los tonos (en el sentido de trágico, melodramático y cómico) ¿también podemos argumentar a favor de uno de ellos? No lo creo. Los Celos combinan bien con los tres. Yo recomendaría usar los extremos y dejar el melodra­mático para otras cosas, y si me dejo llevar, haría campaña por el tono cómico, cuanto más satírico mejor, al modo en que lo usó Javier Krahe en una canción que empezaba diciendo:

 

Anoche te vi por la calle,

entrabas sonriente a un portal.

La mano de un novio en tu talle

-morboso detalle-

me sentó fatal.

Seguro que estás todo el día

metida en la cama con él,

le obsequias tu ninfomanía,

y aromas la orgía

con rico Chanel.


Si lo llego a saber,

desde luego el perfume te lo compra Rita,

si lo llego a saber,

me enamoro de otra. De ti... ¡quita, quita!

Después de sentido el deseo (de escribir) y después de pensado (precisando el qué, el para qué y el cómo escribiré), llega el tiempo de volcar, de desvelar, de dilatar y de parir, de convertir una hoja de papel en una página de Literatura. No debe ser fácil. Deseo, gestación y parto, así de orgánico imagino yo que debe ser el arte de escribir.

 En este libro tenemos pequeñas partículas que se han com­binado atraídas por un tema común. Han creado un compuesto que tiene propiedades diferentes a los elementos. Percibido como un todo, encontramos muchas de las cosas que se han ve­nido diciendo: Hay mucho que opinar de los Celos, no sólo son destructivos, también crean o alargan o recrean.

Hay muchas maneras de decirlos: Con relatos, por supuesto, pe­ro también con poemas y en forma teatralizada. Y hay muchos tonos: muchos tangos, pero también boleros y hasta alguna rum­ba. La criatura se parece a sus madres y a sus padres, pero a quien más nos recuerda es a su abuela, a la Iaia que Fuma.

José Álvarez Cano

 
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